Entre las ramas

El chimpancé que me mira escondido entre las ramas me ha dicho que el chico de los repuestos se hizo mecánico antes de querer ser poeta de ciudad. No sé mucho más de él, sólo que lo intentó y que el mismo día que lo despidieron del trabajo robó dos ruedas de un coche, se fue con su olor de grasa a la playa, se hincó de rodillas en la arena delante de una chica que paseaba a su perro y le recitó estos versos, lo que más me gusta del otoño, es tu coño.
El chico lo puso al todo o nada. La poesía es un ejercicio de riesgo y así tiene que ser, le dijo al chimpancé. No se le volvió a ver por su casa, así que he de suponer que ese mismo día dejó de existir y prefirió venirse a vivir aquí con sus dos ruedas robadas.
Apareció más tarde que el Gran Jefe Indio, que vive un poco más arriba. El Jefe habla con uno que no sé si es turista o policía local y que le señala en una dirección. Es un hombre alto y muy serio, en su rostro lleva reflejada los mil años de historia arrebatada. Ha venido a vengarse de todos los que le arrebataron la gloria de vivir. Se hace respetar, por eso creo que nadie se dio cuenta en la aduana de la ametralladora que lleva sujeta a su mano derecha y esconde bajo la capa de Gran Jefe Indio. Ha recorrido un gran camino para encontrar a los culpables, se ha perdido en todas la ciudades y no sé cómo llegó aquí, pero lo que es seguro, es que aún busca su lugar y no se rinde. Pronto se irá y le echaré de menos.
Como echaré de menos al chimpancé el día que deje de hablarme de los caballeros, antiguos espías, que se cruzan más arriba. Uno de ellos ha parado a darle caramelos al niño que está sentado sobre las ramas, mientras que el otro sigue caminando. Se han mirado y, como son espías, algo hay. El Chimpancé aún no lo sabe o no me lo ha querido decir porque estas cosas se llevan en secreto. No he preguntado, porque también soy un caballero que un día quiere vivir con ellos. No sé dónde me reservarán el lugar en el que espero vivir. Ahora sólo los veo en el momento en que todo termina y empieza, en el que la luz te invita a existir o morir; y he sabido de todos los habitantes del árbol, incluido el chimpancé, que me mira y me habla, cuando los pájaros llegan y se van.
Y estoy tumbado, mirando el árbol de la primera luz y en la penumbra.

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